Que la meta de Pablo sea la nuestra

“Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como El en su muerte, a fin de llegara la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:8-11).

Filipenses 3 es el testimonio más elocuente que Pablo hace de su estima por Cristo y es una confesión de su aspiración como creyente. Aquí nos relata qué significa Cristo para él y su deseo de tener más del Salvador. “Lo tengo todo por basura, para ganar a Cristo” (3:8). Esta palabra, basura, también se puede traducir como excremento. Es decir, esto también puede leerse como “todo lo tengo por excremento, para ganar a Cristo”. Ciertamente algunas traducciones en inglés lo expresan así.

El apóstol nos quiere decir que todo es excremento cuando lo ve con relación a Cristo. Todas las cosas pierden su valor cuando las considera en relación a Cristo. Cuando compara al Señor con las cosas más valiosas de este mundo y con las que antes estimaba como más importantes, ahora todas ellas parecen excremento. Fuertes palabras.

Para entender esto mejor, puede servir notar que esta es la única ocasión en que esta palabra aparece en el Nuevo Testamento. Solo Pablo la usa y únicamente aparece en Filipenses 3:8. Es obvio que Pablo quiere comunicar algo importante. Mejor dicho, quiere llamar la atención de sus lectores, porque lo que está comunicando es de infinito valor. Al hablar así, quiere dejar una fuerte impresión en la mente y el corazón de los creyentes.

Cuando Pablo dice que quiere ganar a Cristo, nos confiesa cuál es su meta de vida. ¡Qué clase de meta! Él dice que estima todas las cosas como pérdida, en vista del insuperable valor de conocer a Cristo. En otras palabras, para Pablo, conocer a Cristo es mejor que cualquier experiencia de la vida. Tener a Cristo es mejor que cualquier posesión terrenal. Cristo es superior a todo lo que este mundo puede ofrecer. Cristo es mayor que cualquier persona que pueda conocer, y mejor que cualquier bien que pueda poseer.

Pablo antes apreciaba y valoraba su propia bondad. Se jactaba y confiaba en su piedad y en sus buenas obras para su salvación. Ahora se da cuenta de que nada de estas cosas tienen valor ante Dios, que nada de eso lo puede hacer justo ante Dios y dar salvación. Ahora ha descubierto que lo único que sirve ante el Dios santo y justo es una justicia que es perfecta: la justicia de Cristo que se recibe por la fe. En vista de este descubrimiento, toda jactancia es inútil y ridícula. Ahora ha encontrado algo más valioso que sus propias obras y que las cosas por las que antes se jactaba.

Este pasaje es el testimonio más conmovedor que el apóstol hace de lo que él tiene en Cristo y lo que siente por él. Sus ojos han sido abiertos y ahora ve que esto no tiene punto de comparación. Lo que le ha pasado y lo que tiene en Cristo es algo inmejorable e infinitamente superior a todo lo que ha experimentado hasta ahora y a todo lo que pueda obtener.

Cristo es su justicia. Cristo es su vida, su poder, y su gloria. Conocerlo es lo más precioso que le ha pasado. Cristo es lo único que le produce verdadera satisfacción. Es lo único en lo que puede y quiere depender. Cristo es suficiente, porque es Él quien lo ayuda a enfrentar el pecado. Pablo sabe que es un gran pecador, que no puede presentarse como justo delante de Dios. Sabes que es culpable, que si el Señor lo juzga será condenado. Pero en Cristo ha encontrado una preciosa y suficiente esperanza: Su justicia.

Todas las cosas que antes apreciaba, ahora ya no las aprecia como lo más importante. Todo lo que antes valoraba de una manera suprema, ahora las estima como sin valor. Todo aquello en lo que el apóstol encontraba su esperanza y su deleite, ahora ha perdido su brillo. Todo lo que Pablo consideraba bello, valioso, y deseable en este mundo, había sido eclipsado por la belleza, el valor, y la suficiencia de Cristo. Lo que ahora aprecia es la justicia que ha recibido. Lo que ahora más valora es haber conocido a su Salvador. Su esperanza está en la gracia de Dios. Su deleite se encuentra en Jesús.

La justicia que ha recibido es la única que lo salvó de sus pecados, la única que lo librará del juicio divino, y la única que le permite estar en pie ante el Dios justo y en comunión con Él (3:9). Saber que ha sido declarado justo ante Dios, y que en Él hay perdón, es lo único que le ayuda y le da esperanza ante la inevitable realidad de su pecado diario.

La justicia de Cristo, que ahora es suya por la fe, es tan cierta y real que solo en ella encuentra reposo y alivio cuando ha pecado. La justicia de Cristo es el único remedio para el corazón dolido y para la consciencia llena de culpa por el pecado diario. Es por eso que la justicia de Cristo es en la única en la que se apoya. Solo allí encuentra esperanza.

Pero él menciona en el verso ocho que todo lo considera como pérdida ante el incomparable valor de conocer a Cristo. Es decir, lo que Pablo tiene en Cristo no solo provee para el problema legal que supone el pecado. La salvación en Cristo no solo es justificación, con todo lo glorioso que eso significa. Pablo incluye en la realidad de su salvación, no solo haber sido perdonado y justificado por la fe, sino también que ahora conoce a Cristo. La justicia de Cristo también trae conocimiento de él. El conocimiento de Cristo supera a cualquier otra cosa.

Este conocimiento no es un mero ejercicio mental. Esto, más bien, es una experiencia que abarca la totalidad de su ser. Alma, mente, corazón, y voluntad. Para decirlo de otra manera, este es un conocimiento experimental. Un conocimiento relacional. Implica amistad, compañerismo, e intimidad con la persona del Redentor. Conocerlo es de un valor incalculable.

Nada supera conocer a Cristo. Es la mejor experiencia que un ser humano pueda tener. Es la mejor persona que se pueda conocer. Solo Él nos ama verdaderamente. Es el único ser que sacia las más profundas necesidades del alma humana. Como Cristo es infinito, Él es fuente inagotable de satisfacción para el hombre. Para Pablo, el Hijo de Dios es la única persona que satisface completamente su corazón sediento de amor, necesitado de aprobación y validación. Nada se compara con conocer a Cristo.

Pero hay algo más que Pablo incluye en esta gloriosa realidad de su salvación: El poder de Cristo. Él quiere experimentar cada día más la realidad del poder de Dios en Cristo (3:10). El Espíritu Santo en el creyente es quien trae el poder del Cristo resucitado. Es el poder que le faculta para vivir para la gloria de Dios. El poder que lo ayuda a morir a su pecado y a resistir la tentación. El poder que lo transforma y le hace crecer en las virtudes de Cristo. Dios le dio vida por medio de su Espíritu cuando lo salvó, pero él sabe que ese poder es abundante, sigue vigente, y aún está disponible para los creyentes. Ese es el poder que supera a todo poder. Eso es lo que Pablo anhela experimentar cada día y en mayores medidas.

Con razón Pablo dice que quiere ganar a Cristo. Quiere conocerlo más, quiere descansar más en su justicia, y quiere experimentar cada día de su poder. Quiere depender y apoyarse cada vez más de la justicia y del poder de Cristo. Quiere experimentar más de la dulce comunión y de la transformadora compañía del Hijo de Dios. Quiere ganar a Cristo.

¡Que así sea para nosotros! Por eso el apóstol termina esta sección diciendo a los creyentes: “tengamos esta misma actitud” (3:15).