El albañil y su Biblia

Hoy “caché” un momento santo. Desde una ventana alta, vi una escena que parecía intrascendente. El Señor acomodó pedazos de madera, blocks y otros cachivaches que son comunes en un área en construcción. Se sentó a disfrutar lo que alguien que lo ama le preparó (Supe que era amado, no por la argolla de matrimonio, sino por el cuidado con el que venían empacadas las cosas.)
Después de comer y guardar sus cosas, escarbó más en la mochila y sacó una Biblia. ¡Me dio tanta alegría! La puso sobre sus piernas… tomó el celular… ¡y yo haciendo porras en mi mente desde la ventana! ¡No! ¡Abra la Biblia! ¡La Biblia!… y después de un minuto, lo puso a un lado, se recostó poniendo sus manos entrelazadas debajo de su cabeza… y pensé -se va dormir-… pero empezó a mover la boca. Estaba orando antes de abrir ese Bendito Libro. No se apuró a entrar allí sin humildad, sin reconocer que no puede solo, sin una pausa que lo ubicara en el lugar correcto.
Y me maravillé de lo que Dios construye a un ritmo que a los ojos humanos, es ridículamente lento e ineficiente… ¿qué peso tiene un trabajador refundido en un rincón de la ciudad de Guatemala abriendo su Biblia? El mismo peso que tuvo un obrero de Nazareth que obedeció recibiendo a María. Un líder de hogar que no negocia el tiempo que necesita pasar con el Señor en Su Palabra cuando nadie lo ve, es alguien que jamás camina solo y cuyo trayecto tiene impacto eterno, aunque el mundo se tarde en darse cuenta o jamás lo haga.
Así construye el Dios de la Biblia Su Reino eterno: un rincón “olvidado” a la vez.

“He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.”

‭‭—Salmos‬ ‭51:6‬ ‭‬‬