La buena vida está llena tanto de alegría como de tristeza, y eso la hace más abundante.

Llevé a mamá en su silla de ruedas al comedor y encontré su lugar en la mesa junto a Nancy, June y Trudy. Mientras aseguraba su silla y la ayudaba a ponerse un suéter, las mujeres comenzaron a hablar sobre lo que iban a cenar. Ninguna podía recordarlo.

“Bueno, espero que sea algo bueno”, dije, mientras besaba la cabeza de mamá y me preparaba para marcharme.

“No es probable”, respondió June, sonriendo de oreja a oreja. Las otras señoras se rieron.

“Espero que no sea tan malo como el almuerzo”, dijo mamá, con la voz distorsionada por un derrame cerebral que había sufrido hacía cuatro años. Lo repitió dos veces, y al final lo entendí. Lo dije de nuevo en voz alta para las demás, y se rieron.

“Ustedes, señoras, no estarán causando problemas de nuevo, ¿cierto?”, bromeó una de las enfermeras mientras llenaba sus vasos de agua. “Ellas no podían dejar de reírse durante el almuerzo de hoy”.

“Trudy”, dijo mamá con tanta claridad que todos entendimos.

“¿Así que Trudy es la problemática?”, pregunté, mirándola sonriente.

“A veces”, convino Trudy. “A tu mamá y a mí nos gusta reírnos”.

“Bueno, entonces no se metan en líos”, dije al despedirme y las dejé riéndose disimuladamente.

Las horas que paso con mi madre en su hogar para ancianos me han dado una imagen conmovedora de lo que el Señor Jesucristo quiere decir cuando expresa: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”. Aquí, al final de la vida, el peso del pecado y las consecuencias de los pecados convergen. Los huesos frágiles y la piel delgada y reseca son solo la superficie de las pérdidas, los arrepentimientos y los fracasos que estas ancianas enfrentan ahora en el invierno de sus vidas. Algunas se lamentan por las terapias y los medicamentos; otras lloran y gritan, atrapadas en el olvido y el temor. Incluso aquellas con relativa salud física y mental, requieren asistencia para vestirse, tomar medicamentos y caminar hasta el comedor.

Sin embargo, los gemidos que escucho en el hogar para ancianos en realidad son los mismos que escucho en las escuelas, en los centros comerciales y en las oficinas. Como dice el apóstol Pablo en Romanos 8.23, “nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”. En los pasillos donde viven personas enfermas y ancianas, los gemidos son un poco más fuertes, porque el anhelo de redención es más intenso. Mamá y sus amigas se lamentan y se entristecen por todo lo que han perdido, no solo por ellas mismas, sino también por las familias que las visitan, las amigas que no lo hacen, y por el mundo que las ha dejado atrás.

Pero la fe que encuentro aquí es formidable. Incluso cuando se entristecen, lo hacen como quienes aún tienen esperanza, oran, leen la Biblia, comparten entre ellas y tratan de ministrar a quienes les sirven. Y lo más importante, ríen, al encontrar alegría, incluso humor, en su destino en común.

A lo largo de las Sagradas Escrituras, la risa expresa una variedad de emociones: alegría (Salmo 126.2), escarnio y burla (2 Crónicas 30.10), necedad (Proverbios 29.9), vergüenza (Jeremías 48.26), lástima o disgusto (Salmo 2.4), incluso incredulidad, como en Génesis 17.16, 17. Cuando Dios le dijo a Abraham que Sara tendría un hijo, el anciano “se postró sobre su rostro, y se rió”. Fue la primera risa registrada en las Sagradas Escrituras. “¿A hombre de cien años ha de nacer un hijo?”, se preguntó. “¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?”. La siguiente risa documentada fue la de Sara, cuando unos días después escuchó al Señor decirle a Abraham que ella tendría un hijo para esa fecha el año siguiente. “¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?” (Génesis 18.12).

Los gemidos que escucho en el hogar para ancianos en realidad son los mismos que escucho en las escuelas, en los centros comerciales y en las oficinas de negocios.

Pero la incredulidad podría ser solo una de las razones por las que Abraham y Sara se rieron. La ciencia permite pensar que podría haber otra razón. Habían sido unos años estresantes para la pareja: mudarse de Ur a Canaán, negociar y luchar por la tierra, administrar rebaños y siervos y, por supuesto, lidiar con las secuelas de la solución alternativa de Sara con Agar. ¿Qué tal si las risas fueron menos de incredulidad y más de alivio del estrés?

¿Quién no ha estado en un funeral o en una reunión cuando alguien comienza a reírse? Yo he estado; de hecho, yo misma he sido quien se ha reído. Aunque es incómoda, según Jordan Raine, —investigador de doctorado en la Universidad de Sussex— la risa inesperada “podría ser la manera en que el cerebro reduce la tensión, o un mecanismo de defensa para enfrentar algo traumático o angustioso”. En efecto, la investigación señala que la risa nos ayuda a soportar las dificultades, incluso el dolor físico. Según la revista Scientific American, “la risa desencadena [una] liberación de endorfinas, como la beta-endorfina, y eleva los umbrales del dolor”. La risa también “puede aliviar una experiencia estresante, quizás al contrarrestar los efectos del cortisol y de la adrenalina”, escribe Ben Cramer en Prevention Magazine.

Tal vez es por eso que mamá y yo parecemos reírnos mucho en estos días.

“No te rías, mamá”, le dije en una salida reciente, mientras la ayudaba a subir al auto. Yo podía sentir sus risitas entrecortadas incluso antes de oírlas.

Desde que tuvo un derrame cerebral, su risa incontrolable la desenfoca y hace que pierda el equilibrio. Cuando la levanté de la silla de ruedas y la hice girar hacia el auto, temí que un ataque de risa nos tumbara a ambas.

“Está bien, está bien”, accedió, tratando de respirar un poco más profundo.

“Piensa en algo triste”, le sugerí, y antes de que pudiera dejar de reírse, la tuve a salvo en el asiento. Cuando cerré la puerta, yo misma me reí entre dientes, aliviada.

“Si no me río, lloraré”, explicó mamá, una vez que le abroché el cinturón. Y yo sabía perfectamente a lo que se refería.

Acababa de ayudarla a ir al baño en un McDonald’s después de conducir unos quince minutos tratando de encontrar una parada adecuada de descanso. Tenía la esperanza de encontrar un baño para discapacitados en un edificio público de la universidad local, pero descubrí que aún no habían reanudado las clases. Nos detuvimos en un Starbucks, donde el baño grande habría funcionado bien, pero cuando por accidente activé la alarma de incendio en mi exploración del lugar, me sentí demasiado avergonzada para volver a entrar.

Después de nuestra parada en el McDonald’s, por fin llegamos a la fiesta a la que habíamos conducido hora y media, para descubrir que me había equivocado de hora —llegamos tres horas antes. Si esperábamos la hora, mamá no volvería a tiempo para la cena.

“Podemos quedarnos si quieres”, dijo mamá, con los ojos cerrados detrás de sus gafas de sol por el exceso de luz.

“Pero ¿quieres quedarte?”, le pregunté, mientras el sudor goteaba por mi espalda.

“No, en realidad no”, dijo. Suspiré con alivio, y luego me sentí culpable.

“Lo siento mucho”, le dije una y otra vez, con lágrimas en los ojos. “No sé cómo sucedió esto”.

“No llores”, me dijo. “No lloremos”.

“Al menos tenemos una buena historia que contar”, dije al final, secándome las lágrimas. “Y nunca volveré a entrar a ese Starbucks”.

De repente, las dos nos volvimos a reír.

 

En los primeros doce versículos del Sermón del monte del Señor Jesús, Él usa la palabra makarios nueve veces. Traducido a menudo como “bienaventurado” o “feliz”, el término significa favor divino, o “la vida buena”, como lo explican los autores del New Bible Commentary. Aunque la mayoría de las descripciones del Señor Jesucristo en cuanto a la vida buena no nos parezcan tan buenas —como la pobreza, el luto, el hambre, la persecución y los insultos— es obvio que la vida no sea lo que esperamos. Cada vez que el Señor mencionó uno de los aspectos difíciles, también mencionó un resultado positivo. Por ejemplo, cuando los discípulos tuvieran hambre y sed de justicia, ellos serían saciados. Cuando fueran misericordiosos, se les mostraría misericordia. Cuando lloraran, serían consolados.

Algunos eruditos creen que el lloro (Mateo 5.4) de pentheó, que significa “llorar o lamentar”, se usa para describir todo tipo de tristeza, como cuando los discípulos de Juan le preguntaron al Señor por qué sus discípulos no estaban ayunando. “¿Pueden los que están de bodas tener luto (pentheó) entre tanto que el esposo está entre ellos?, preguntó (Mateo 9.14, 15). La palabra también se usa para describir a los discípulos de Cristo después de la crucifixión, cuando estaban enlutados (pentheó) y llorando (klaió). Pentheó también puede significar “sentir culpa”, lo que podría referirse al dolor que sentimos cuando nos enfrentamos a la realidad del pecado. En otros versículos a lo largo del Nuevo Testamento, la palabra implica este mismo sentido de lamento o pérdida a causa del pecado (por ejemplo, 1 Corintios 5.2).

 

La consecuencia del pentheó, dijo el Señor Jesús, es parakaleó, o consuelo. Es la palabra raíz de paraklētos, que se usa en el Nuevo Testamento para referirse al Espíritu Santo como nuestro Consolador. Por ejemplo, en Juan 14, el Señor dice a los discípulos que enviará al Espíritu Santo, o al Consolador, para ayudarlos con su dolor una vez que Él se haya ido. El Espíritu Santo también trae consuelo cuando lloramos por nuestros pecados, sellándonos para la salvación (Efesios 1.13). Es interesante que cuando Lucas relata su propia versión del “sermón de la vida buena”, no utiliza las palabras luto y consuelo. En cambio, dice: “Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis” (Lucas 6.21).

Existen muchas razones para llorar en el hogar para ancianos donde vive mi mamá. Por lo menos una o dos veces al mes me encuentro con otra habitación vacía; la muerte es tan común en ese lugar. Otros días, mamá parece estar de mal humor, agotada por la falta de sueño o frustrada por algún incumplimiento en el programa del día. Hago lo que puedo para resolver los problemas, pero a menudo llego a casa llorando.

No obstante, también hay mucho de qué reírse. Pienso en una tarde lluviosa de domingo cuando mi esposo y yo estábamos visitando a mamá. Estábamos hablando del tiempo, y ella comenzó a cantar: “Estoy cantando bajo la lluvia, cantando bajo la lluvia”.

Me le uní con la letra que me sabía, y en unos segundos, Steve buscó un video de YouTube del musical original con la canción y la rutina de baile de Gene Kelly. Comencé a bailar alrededor de la pequeña habitación de mamá, sosteniendo mi paraguas imaginario mientras los tres cantábamos a todo pulmón. Cuando Steve se puso de pie y fingió bailar claqué (tap), los tres nos volvimos como locos, muriéndonos de la risa.

Cuando salí al pasillo unos minutos después, unas enfermeras me preguntaron: “¿Qué está pasando? ¿Todo bien?”

“Sí, solo estamos riéndonos”, les dije, y asintieron con la cabeza.

Eso me hace pensar en el rey Salomón, quien en sus últimos días escribió estas sabias palabras: “Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo… tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar” (Eclesiastés 3.1, 4 NBLA).

Al leerlas ahora, las palabras del rey Salomón se parecen mucho a la descripción que hace Cristo de la vida buena: una extraña mezcla de lamento y consuelo, donde el llanto es una bendición, y la risa siempre surgirá.

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